CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

 

   Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
    Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
 

 


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Casa tomada 

Julio Cortázar

 

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pullover está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor para preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y mas allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y el baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o en la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la pared antes de que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

-Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

-¿Estás seguro?

Asentí.

-Entonces -dijo recogiendo las agujas- tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que me tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

-No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina y ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien, y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resultaba molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

-Fijate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadradito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiados ruidos de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en alta voz, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.

-No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.

FIN

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¡Cuidado con el culantrillo!

                                                                         Magdalena Helguera

 

J u l i á n

¡Por fin vacaciones! Una semanita, nomás, pero algo es algo, después de tanto sufrir con escritos, controles, carpetas, láminas de proyecciones y otras manías de los profesores que ya no saben qué más inventar para arruinar la vida de sus alumnos.

Despatarrado frente a la tele y dueño total del control remoto, Julián pasa de un canal a otro experimentando esa inigualable sensación de poder, sin decidirse a levantar su humanidad del sillón a fin de procurarse algo para refrescar la garganta y tal vez también alguna cosita para picar. La sed es mucha y el hambre bastante, pero la pereza es mayor, aunque Julián sabe que tarde o temprano deberá vencerla si no quiere sucumbir deshidratado y enflaquecido como un bacalao de Pascua. Desde que él pasó el metro ochenta y su madre decidió que ya no se le iba a quedar desnutrido y que era hora de hacer de él un hombre de bien, cada vez que le pide algo le contesta que se lo prepare él mismo porque ya no quedan muchas santas como ella y si sigue con esas mañas no va a encontrar mujer que lo aguante.

Ya hace varios meses, entonces, que lograr ser alimentado fuera de hora se ha tornado una utopía imposible, como dice el profe de Historia cuando pretende encontrar un escrito sin faltas de ortografía. A gatas le siguen dando el almuerzo y la cena, y eso con dificultad, porque la última vez que sus padres salieron de noche -acontecimiento que, por fortuna, tiene lugar más o menos una vez al año, como mucho-, como Agustina se había quedado a dormir con los abuelos su madre amenazó con hacer que él se preparara su comida, porque un huevo frito cualquier bobo sabe hacerse, dijo. (Cuánto más un chico inteligente y decidido como él, agregó por si alguien llegaba a sospechar que estaba tratando a su hijo de bobo, y encima de bobo cualquiera.) Por suerte su padre se solidarizó con él -alguna vez tenía que ser- y murmuró bajito pero para que ella escuchara que también cualquier bobo puede tirarse la sartén hirviendo encima. Entonces ella rezongó un poco más pero terminó hirviéndole unos fideos antes de irse.

Esa vez zafó, es cierto, pero en cualquier momento su madre puede volver a intentarlo. Julián suspira con el corazón (o algún otro órgano cercano) estrujado por los recuerdos. Quedaron lejos, muy lejos los tiempos felices en que él no salía del tercer lugar de la fila en la escuela y ella, preocupada ante todo por la salud y el crecimiento de su hijo, le alcanzaba una chocolatada con un refuercito o cualquier otro tentempié que se le antojara apenas él manifestaba algún asomo de apetito. ¡Cuánto tiempo ha pasado ya! El recuerdo de aquellos refuerzos de queso con ketchup, de los buñuelos de banana que se freían en la casa especialmente para él y hasta de los licuados y jugos llenos de vitaminas que tantos rezongos le costaran, despierta en Julián una tierna nostalgia. La nostalgia le comprime el estómago, y le da más hambre. Deberá resignarse: se acabaron para él los tiempos felices en que era alimentado a demanda , como por la misma época tomaba la teta su hermanita según las indicaciones del pediatra.

¡Su hermanita! ¡Ahí está la solución! Agustina es el único ser humano de la casa que todavía está dispuesto a hacerle un favor a su admirado hermano mayor sin tratarlo directa o indirectamente de inútil y de vago y de varias cosas más que no hace falta especificar. Solo se trata de usar la táctica apropiada, que siempre le va a dar menos trabajo que levantarse de allí.

- ¡Agustina! ¡Aaaaaguuusss! ¿Dónde estás?

- Acá, ¿qué pasa?

Su hermana se acerca con su túnica vieja llena de manchas y un largo pincel en la mano izquierda, con la derecha debajo de la punta, por si chorrea. Mala señal. Aunque es una pulga de ocho años dulce y tierna que todavía juega a las muñecas y duerme con un osito, la nena tiene su carácter y si hay cosa que no le gusta es que la interrumpan cuando está pintando. Tendría que moverse con cuidado. Pero Julián es hombre de recursos y sabe muy bien lo que tiene que hacer. Primero: darle importancia a lo que ella está haciendo. No hay cosa que dé más rabia a un niño que le digan que está perdiendo el tiempo con pavadas cuando se dedica a algo trascendental como pintar, jugar al fútbol, mirar la tele, hablar por teléfono, pensar tirado en la cama panza arriba... Bueno, en realidad no hay que ser niño para que eso le dé rabia a uno, porque aunque uno ya tenga quince años largos y sea más alto que ellos, los padres y otros adultos no paran de interrumpirlo a uno cuando se dedica a cosas importantes...

- ¿Y? ¿Qué querías, Julián? Dale, que se me seca la pintura.

- ¡Cierto! ¡Agustina! (Hay que actuar rápido.) Nada urgente, Agus; no sabía que estabas ocupada, disculpame. Solo quería preguntarte cómo te fue con la Fiesta de la Primavera y el disfraz que llevaste al colegio.

- Ah, eso. Me fue bien, estuvo divertido y en el concurso al final dijeron que había empate porque todos los disfraces eran preciosos, como siempre, y nos dieron un chupetín de premio a cada uno.

Agustina se había dado vuelta vigilando el pincel y ya se le iba otra vez para el cuarto. Julián, ya con pocas esperanzas, hizo un nuevo intento:

- ¿Qué estás pintando? ¿Algo sobre la fiesta?

- No, estoy haciendo un paisaje; me inspiro en un folleto que trajo papá. Es un cuadro para regalarle a la abuela.

- ¡A la abuela! ¡Qué contenta se va a poner! (¡Me inspiro! ¡Qué manera de hablar para alguien de ese tamaño! Pero guardate el comentario, Julián.) Y decime, ¿te falta mucho para terminarlo?

-Más o menos, ¿por?

-Por nada. ¿No estás cansada? ¿No te tomarías un juguito?

-¿Vos me lo vas a servir?

-No, Agustina. A los artistas les hace bien despejar la mente de vez en cuando. Mejor andá a la cocina y preparalo vos misma, con un sobrecito y un litro de agua y bastante hielo. Y servime un vaso a mí también así te acompaño y veo qué rico te quedó.

-Ah, claro, era eso lo que querías. Tomar jugo vos. Pero mamá me dijo que no te alcance nada de comer ni de tomar a la tele ni al cuarto, porque en tu reunión de padres del colegio dijeron que a los jóvenes no les hace bien que se les faciliten todos los esfuerzos de la vida diaria, porque después se acostumbran y tampoco se esfuerzan en el estudio. Así que las buenas madres y las buenas hermanas tenemos que dejar que los jóvenes se levanten solos y vayan a hacerse el jugo a la cocina para que el año que viene en quinto no pierdan todos los exámenes. ¿Entendés? No es que yo no quiera. Pero además se me seca la pintura.

Horrorizado, asqueado y convencido de que su hermanita no podía ser realmente una nena, que debía ser una enana espía de los adultos, un monstruo mutante, un extraterrestre disfrazado, Julián bajó un pie de la mesita ratona, respiró hondo, bajó el otro pie, apoyó ambas manos en los brazos del sillón y con un gran suspiro y un esfuerzo sobrehumano logró separar su parte trasera del tapizado marrón. Si la teoría de los profesores de ese colegio de cuarta al que lo habían mandado a hacer el liceo funcionara, eso debía hacerle salvar un par de exámenes de quinto, por lo menos. ¡Reunión de padres! Seguro que en el liceo público al que iban sus mejores amigos los profesores no tenían tiempo para esas huevadas. Claro que en el liceo público tampoco tenían una semana entera de vacaciones de primavera, como tenía él, porque aunque la cosa aflojaba un poco porque también allí se habían terminado los escritos del mes y además algunos profesores faltaban y otros no pasaban lista, tendrían que esperar hasta el jueves para disfrutar de libertad completa. Pero esta era la única desventaja del liceo público, al que por suerte lo iban a dejar ir al año siguiente porque en su colegio solo tenían hasta cuarto y ya que de todos modos iba a cambiarse no venía mal ahorrarse la cuota, o mejor dicho la media cuota que pagaban desde que pasó lo que pasó con el banco, con los ahorros de sus padres y con la economía del país, cuando ante la perspectiva de que lo borraran de inmediato, la Dirección del colegio les había ofrecido a sus padres dejarlo con media beca.

Julián arrastró los pies hasta la cocina, abrió la heladera, sacó la botella del agua fría que en los últimos tiempos era lo único que se podía encontrar para tomar y se sirvió en un enorme vaso. Bebió más de la mitad, volvió a llenarlo para que le durara un buen rato y colocó la botella, con un par de dedos de agua en el fondo, otra vez en la heladera. Ya la estaba cerrando cuando lo pensó mejor. No sabía qué efecto podría tener sobre sus exámenes futuros ese ahorro de esfuerzo, pero era seguro que no podía tener ninguno bueno sobre sus vacaciones -en especial sobre el fin de semana inmediato- si su madre o su padre llegaban dispuestos a tomarse un vaso de agua fría y encontraban la botella casi vacía. Sintiéndose casi un mártir volvió a sacarla, la llenó en la canilla y la metió de nuevo a enfriar en su lugar.

 

 

L e t i c i a

La tía Mabel ya dijo que hace la torta y cada abuela pone dos postres más. Carmen me arma los sándwiches, Susana los pebetes y Estela unas cuantas empanadas chiquitas y unos saladitos de no sé qué. El marido de Estela se ofreció a preparar cien pizzetas para los jóvenes y un estrogonof para los mayores, que vaya a saber qué es, pero allá ellos si les gusta, y dijo también que va a organizar una vaquita entre el resto de la familia para comprar los ingredientes. Qué suerte tuvo la tía de conseguirse un marido nuevo que sepa cocinar y le guste, con lo poco que le gusta a ella; y qué suerte tuve yo de agarrarlo fresquito y con ganas de quedar bien con la parentela de su mujer. Espero que sea de confiar y no nos deje plantadas a la tía y a mí a último momento como acostumbran hacer algunos hombres; pero bueno, en principio la comida ya estaría cubierta, y parece que por tratarse de una ocasión especial el viejo se acordó de que tiene una hija y se puso generoso y ya anunció que de la bebida se ocupa él. Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que cumpla su promesa, como cuando se ofrecía a llevarme a pasear de chica. Pero hay que ver el lado bueno, como dice mamá: por suerte la bebida es algo que se puede guardar y no se echa a perder, así que le voy a ir hinchando desde ahora a ver si consigo que me la traiga antes y ya me quedo tranquila. Le puedo decir que para las fiestas de fin de año sube todo, así que si la compra a más tardar en octubre le va a salir mucho más barata.

La comida y la bebida ya estarían, entonces. El tema es todo lo demás: el salón, la discoteca, los globos, el cotillón, las tarjetas y los suvenires... Porque no hay ningún veterano que no considere esencial la comida y la bebida en una fiesta, pero si fuera por ellos se amontonan a comer y a tomar en la casa de la tía Rosa con los jóvenes bailándoles en los pies con un radiograbador, como si fuera lo mismo. Y como los globos y el cotillón en la época de las tías no se usaban, creen que no se necesitan y quién las convence. Las tarjetas y los suvenires en último caso las haríamos con las chicas, pero también quedan los adornos para las mesas, e inflar los globos porque encargarlos inflados es carísimo... No sé si me va a dar para todo, porque si quiero juntar para el salón, nomás, voy a tener que cuidar nenes sin parar hasta el mismo día de la fiesta, yo creo. Si es que consigo nenes, claro, con toda la gente que hay por ahí buscando alguna changuita. Ahora en las vacaciones espero conseguir algo. Lástima que los Antúnez se me van a Buenos Aires en estas vacaciones, porque en las de julio recaudé pila con ellos y quedaron encantados conmigo. Y hasta ligué cine gratis, una que era de dibujitos pero estaba buenísima, y Anita y Lore también fueron y me ayudaron con los nenes pero ellas pagaron y yo no. Además son unos divinos, esos nenes, no dan ningún trabajo, no como otros que dan ganas de ahorcarlos, pero trabajo es trabajo y si una se pone muy delicada adiós salón para la fiesta. Y yo ya le dije a todos que sin un buen salón y una buena discoteca no festejo nada. ¿Para qué? ¿Para pasarme la noche besando viejas y sacándome fotos con la parentela, con todos mis amigos con cara de embole? Ah, no, eso ni loca. No pretendo un lugar de lujo, nada que ver, solo que tenga espacio para una buena pista de baile, que es lo menos que se puede pedir, ¿no?

Por suerte el vestido ya lo tengo porque el de mamá, si le saca todos esos volados ridículos y me lo arregla con esas cosas increíbles de la bisabuela Cata que aparecieron en el baúl, va a quedar genial. Que la abuela diga lo que quiera, a mí qué me importa. Cómo va a traer mala suerte un vestido. Ya sé que dice eso porque en sus quince mamá bailó todo el tiempo con papá y cuatro meses después estaba embarazada de mí, o sea que la mala suerte vengo a ser yo y ella me lo dice así nomás, como si yo fuera idiota y no me diera cuenta. Y como si no supiera que en esos casos el problema no está en lo que la chica se ponga sino en lo que se saque, y también, como cualquiera sabe, en lo que su novio se olvide de ponerse.

 

Danilo

 

Los mojarreros ya están. De pronto hacen falta por el camino, y también para darles a los chiquitos si vamos a la laguna para que estén entretenidos y se dejen de jorobar a los grandes. Para las cañas medianas harían falta algunos anzuelos más, porque la última vez cuando fuimos con el torpe de Mauro no sé qué hacía que hasta las mojarritas le comían la carnada con anzuelo y todo. De pronto Julián tiene algunos que le sobren, o mejor dicho su padre, porque él con el liceo y los amigos nuevos y todo eso cada vez tiene menos tiempo para ocuparse de la pesca o por lo menos eso es lo que él dice. Si ellos no tienen voy a tener que ir mañana temprano a comprar porque los sábados cierran a las doce. Las boyas parece que están bien. ¿Alcanzará la tanza? ¡Ah, sí, acá hay dos rollos más, gruesa y fina! Del reel se ocupa papá que no deja que nadie se lo toque, pero ahora que cumplí doce me prometió que me va a dejar usarlo a mí solo, y si aprendo a cuidarlo para cuando cumpla catorce me lo va a regalar porque dice que su espalda cada vez se le queja más con el tirón. Creo que está todo. Ahora voy a revisar la mochila, el sobre de dormir y la carpa, que me acuerdo que tenía un agujero para remendar por algún lado porque la última vez se llovía. Tengo que convencer a mamá de que dormir en carpa puede ser peligroso para el Juanchi, que de pronto se asusta con la oscuridad y los bichos y los ruidos y empieza a hacerse otra vez en la cama, después de que hace más de un año que no le pasa. Sería un papelón, con cuatro años y medio cumplidos. Y un bajón para nosotros despertarnos a media noche en un charco de pichí, que después no sé cómo íbamos a sacar el olor porque la carpa es toda entera, con el piso pegado a las paredes y el techo porque no se supone que uno se vaya a poner a lavarla, claro. Mejor que duerma adentro con ellos y con Valentina, que para algo son mellizos, y que se dejen de embromar con eso de que los varones en la carpa y las nenas en el cuarto, que parece cosa de antes de Varela que cuando hizo la escuela laica, gratuita y obligatoria también la hizo mixta y al que no le gustara, a llorar al cuartito.

 

 

 

 

El proyecto

 

¡Bueeenooo! Hoy descanso, mañana fiesta, pasado fútbol, el lunes cine, el martes no sé, de pronto salen unas pizzas y videos en casa de la novia de Pedro, pero el miércoles seguro que hay jodita en lo del Negro para festejar que empiezan las vacaciones en serio. Después de ahí, a romper todo hasta el domingo: cuatro días enteros. ¡¡¡Aaaahhhh!!! ¡Esto sí que es vida!

- ¡Julián, hijo!

- ¿Qué?

- ¡Ah, acá estabas! Preparate que tengo una sorpresa para vos.

- ¿Ah, sí? ¿Qué?

- ¿Te acordás de lo que te vengo prometiendo desde que eras chico, y que se ha venido postergando por problemas de salud, de economía e imprevistos varios?

- ¿Qué?

- Te doy una pista: agua, silencio, árboles, peces...

- Dale, viejo, ¿desde cuándo te da por la poesía? Largá de una vez que no estoy para adivinanzas.

- Bueno, está bien. Aprontate porque... ¡nos vamos una semana de excursión de pesca!

Julián se levantó de golpe y tiró con el codo el vaso vacío. Lo atajó en el aire y como tenía los pies sobre la mesa se resbaló y cayó sentado en la postura más ridícula que alguien pueda imaginarse.
¿Vamos? ¿Había dicho vamos?

- ¿Qué querés decir con "vamos"?

Su padre reía como un niño chico en Día de Reyes, sin darse cuenta de nada.

- Sabía que te ibas a sorprender, pero no te emociones tanto que no te quiero llevar enyesado. Dale, macho, levantate y vamos a preparar las cañas que esta semana se come pescado fresco todos los días.

- ¿Esta semana? ¿Todos los días? ¿Qué estás diciendo, pa? ¿Estás loco?

- ¡Sí, estoy loco, bien loco! ¡Loco de alegría porque por fin vamos a tener unas vacaciones como Dios manda, después de tanto tiempo!

- Se van con mamá y con Agustina... ¿O dejan a Agus con la abuela?

- ¡No, hijo! ¡Nos vamos los cuatro! Y también con tu amigo Danilo y su familia, así que tendremos competencia de pesca y seguro que vos y yo les vamos a ganar por goleada a esos dos. ¿Te das cuenta? ¡Pesca grande, de verdad, de arroyo y de laguna, como veníamos proyectando hace tanto!

- Pero viejo, eso no puede ser. ¡Debe ser carísimo! ¿De dónde vas a sacar la guita?

- No, señor: nada de carísimo. Un compañero de trabajo, al que estuve cubriendo varias veces cuando se enfermó su bebé, en agradecimiento me presta una casa que tiene en el campo, en Rocha, ¡a pocos quilómetros del océano y a medio camino entre la Laguna Garzón y la de Rocha! Después te muestro bien en el mapa dónde está. Es una casa bastante grande, nuevita, preciosa, y con un terreno enorme; era una parte de una chacra o estancia del padre, no sé bien; cuando este murió, como a mi amigo no le interesaba la producción agropecuaria, le vendió el resto de su parte a la hermana -a la que sí le interesaba porque es agrónoma-, y quedaron los dos contentos, porque esa parte del terreno no es muy buena para los animales ni para cultivo porque es muy irregular y pedregosa, pero es espectacular como lugar de descanso. Entonces con lo que la hermana le fue pagando, de a poco, se fue haciendo la casa y hace un año que la terminó, pero ellos van solo en verano y en Semana Santa así que ahora me la ofreció. Tiene tres dormitorios, dos baños, parrillero, hasta juegos infantiles tiene, y por supuesto mucho terreno donde poner la carpa para los varones. Pero si llega a llover pueden dormir en la cocina o en el living, no hay problema. Y lo mejor, lo mejor de todo, es que se puede pescar ahí mismo, dentro del predio, porque tiene un arroyo, un arroyito de esos que ni aparecen en los mapas pero que es una belleza, con saltos de agua entre las piedras, bordeado de monte criollo, lleno de pájaros, y parece que tiene muy buen pique: dientudo, bagre, cabezamarga y hasta alguna tararira en la parte más ancha... Algún día también podemos irnos a la Laguna de Rocha, o hasta la de Castillos, incluso. Claro que por ahí no se puede pescar en cualquier lado, hace tiempo que es zona protegida, pero es cuestión de averiguar y de conseguir los permisos si hace falta, por eso no nos vamos a achicar, con semejante oferta de esa casa increíble que si la vas a alquilar te sale un disparate. Pero claro, estaba lo del transporte. Entonces, hablando con Walter...

- ¿El padre de Danilo?

- El mismo. Hablando con él, comentario va, comentario viene, me dijo que no le había salido ningún viaje para la semana entera y que bien podía, por una vez, dedicársela a la familia. ¿Te das cuenta? En su camioneta entramos todos, vamos a compartir la casa y los gastos del gasoil y peajes y eso es lo único que vamos a gastar extra, porque la comida es lo mismo allá que acá, o menos todavía, ¡porque tendremos pescado a la parrilla todos los días! Y también fruta gratis, porque me olvidé de decirte que la casa también tiene frutales: naranjo, limonero, higuera, manzano, y otros más que en esta época deben estar llenos de flores, como para que tu hermana se canse de mirar y pintar. Tu madre está de acuerdo, siempre y cuando los hombres nos responsabilicemos de limpiar y cocinar lo que pesquemos. ¡Y eso es parte de la aventura! ¿No, macho?

Con la boca abierta, los brazos colgando y el alma tan dolorida como su golpeado trasero, Julián había seguido a su padre hasta el garaje, donde él ya empezaba a manipular cañas, boyas, anzuelos y cajas de carnada convencido de que su hijo compartía su entusiasmo. ¿Cómo le decía ahora que pasarse una semana sentado frente a una caña, limpiando pescado y cosechando naranjas con dos padres, dos madres y cuatro niños no era su idea de unas vacaciones perfectas? Era cierto que unos años antes ese proyecto había sido el mayor sueño de su vida; era cierto que en los viejos tiempos había compartido ese sueño con Danilo, su mejor amigo de la infancia a pesar de la diferencia de edad, pero todo eso ya había quedado tan lejos como el metro quince de sus ocho años que tanto preocupaba a su madre. También era cierto que no había sido culpa de su padre no haber cumplido con la promesa que le hiciera entonces: un embarazo perdido y otro muy complicado, el nacimiento prematuro de su hermana y después sus problemas de salud: el broncoespasmo, la infección urinaria, la varicela aquella que parecía viruela, los neumococos, los estafilococos, las convulsiones febriles que obligaban a sus padres a correr con la nena a la emergencia a cada rato y a pasarse noches enteras poniéndole paños fríos en todo el cuerpo... Después, cuando todo eso parecía superado, habían empezado los problemas económicos. No había sido culpa de su padre, claro, él ahora lo entendía; pero tampoco había sido culpa de él, Julián, si en esos largos años de espera había dejado de ser un niño ilusionado con una promesa imposible y había cambiado definitivamente sus gustos y sus sueños, si es que eso de los sueños realmente existe y no es una farsa de los adultos como Papá Noel y los Reyes Magos.

¿Cómo era que su padre no se daba cuenta? ¿Cómo podía seguir tan tranquilo contando anzuelos y desenredando tanzas, creyéndose el súper padre cumplidor de promesas sin ver la cara de espanto de su hijo frente a la suya? Tenía que decírselo, aunque fuera difícil tenía que decírselo porque no tenía por qué sacrificar sus vacaciones y pasarse una semana fingiendo felicidad para tranquilizar la conciencia de los demás.

 

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